domingo, 30 de agosto de 2026

Las hogueras, por Concha Alós


Las hogueras,
de Concha Alós

Editorial Seix Barral. 277 páginas. Primera edición de 1964, esta es de 2024

 

Hace unos años leí Los enanos (1962) y Rey de gatos (1972) de Concha Alós (Valencia, 1926 – Barcelona, 2011), dos libros de la época del franquismo de una escritora que, aunque tuvo éxito comercial en vida, no había entrado en el canon del prestigio literario y había quedado olvidada. La editorial madrileña La Navaja Suiza fue la encargada de llevar a cabo el rescate de estos dos libros. Estuve en la presentación de Los enanos, que tuvo lugar en la Residencia de Estudiantes, y allí, conversando con los editores, estos me dijeron que también pensaban publicar Las hogueras (1964). Al final, parece que, tras la buena acogida que tuvieron los libros de Concha Alós, publicados en La Navaja Suiza, Seix Barral se adelantó y acabó publicando ella Las hogueras. Me llegó al correo electrónico la publicidad de esta novedad literaria y me agradó ver que el dossier de prensa había incluido una frase que yo escribí en mis reseñas de Alós: «La mirada de Concha Alós es muy moderna e incisiva, y retrata muy bien un periodo del pasado de España con una prosa punzante y poética». Cuando estuve cerca de una librería miré si la habían incluido entre las recomendaciones de solapa y me alegró comprobar que así era. Entonces decidí, pese a mi montaña de libros por leer, solicitar Las hogueras a Seix Barral para poder leer y reseñar el libro. Era un libro que me hacía especial ilusión tener en casa.

 

Hay una historia curiosa con Los enanos y Las hogueras: Los enanos ganó el Premio Planeta de 1962, pero Alós tuvo que renunciar al premio, ya que tenía firmado un contrato previo con la editorial Plaza & Janes, que en principio no lo había querido sacar después de aceptarlo. Sin embargo, se volvió a presentar dos años después, en 1964, con Las hogueras y esta vez ya sí lo ganó y se publicó con esta publicidad. Y todo esto, claro, en un contexto histórico en el que el Planeta, lejos del premio comercial que es ahora, sí que buscaba el valor literario en las obras que publicaba.

 

Si bien Los enanos nos llevaba al ambiente sórdido de una pensión de la Barcelona de los años cincuenta, Las hogueras nos lleva hasta el norte de la isla de Mallorca en la década del sesenta. Al empezar a leer el libro me estaba preguntando si el tiempo narrativo del que se hablaba era el inmediatamente anterior a su escritura –es decir, el de principios de los años sesenta– o la historia nos retrotraía a un periodo mucho más cercano a la guerra civil. En algunos momentos, los protagonistas recuerdan el «tiempo de la guerra» o el «tiempo de antes de la guerra», como si esos recuerdos no fueran muy lejanos, y se nos dice, por ejemplo, que al pueblo en el que viven los protagonistas aún no ha llegado la luz eléctrica, pero algunas pistas nos hacen ver que estamos más en los años sesenta que en los cuarenta o cincuenta, como la gran afluencia de turistas a la isla en verano, de la que se habla en Las hogueras, que fue un fenómeno en España asociado a la década del sesenta. Sin embargo, cualquier ambigüedad sobre el tiempo narrativo quedará resuelta en la página 95, cuando se nos habla de «el juicio de Ruby, el asesino del presunto criminal que mató a Kennedy». Este juicio –como leo en internet– tuvo lugar entre febrero y marzo de 1964.

 

La protagonista principal de la novela es Sibila, que ya en la primera página se nos dice que ha soñado con los días en los que fue modelo en París, y llegó a salir en revistas como Vogue. Ha pasado el tiempo y está casada con Archibald, al que conoció en París. Los dos viven en una casa a las afueras de Son Bauló, un pueblo del norte de Mallorca. Esta localidad no la conocía, pero sí otras que aparecen en la novela, como Alcudia, Muro o Santa Margalida, porque allí tenían una casa mis suegros y he pasado en esa zona de Mallorca más de un verano. Tengo unos bellos recuerdos del lugar; sin embargo, como ya hizo en la Barcelona de Los enanos, Alós conseguirá transformar este espacio físico en un lugar opresor y feo. Esto lo consigue, en gran medida, cargando de fuerza a algunos símbolos; así, por ejemplo, las moscas son una presencia constante en la novela.

 

Archibald y Sibila duermen en habitaciones separadas. «Vivían en la misma casa y sin embargo habitaban dos mundos ignorados el uno del otro, a una distancia inconmensurable», leemos en la página 30. Aunque, al principio, la casa de campo le había gustado a Sibila, lleva un tiempo sintiéndose atrapada en ella y le gustaría trasladarse a una ciudad, idea no compartida por Archibald.

 

La novela está escrita en tercera persona (con algunos capítulos narrados en pasado y otros en presente), pero Alós, frecuentemente, nos mostrará los pensamientos de sus personajes, usando la técnica del estilo indirecto libre. La novela se ocupa de más personajes, aparte de Sibila y Archibald. Otro de los personajes principales será Asunción, la maestra de Son Bauló, que lleva en el pueblo diez años dando clase y ya ha perdido el idealismo con el que empezó en su profesión. De hecho, cuando acabó su carrera, quería seguir estudiando y formándose, pero para ello tendría que vivir en una habitación de la parte de arriba del colegio, pasando frío y penalidades. Decidió trasladarse a una habitación del hotel del pueblo y tener así un techo caliente y la comida hecha. Aunque en invierno, y durante el resto del año, consigue un precio especial en el hotel, alcanzar este nivel de vida le supone aceptar trabajar más horas al día y, así, por las tardes, después de acabar la jornada laboral con los niños, dará clases para enseñar a leer y escribir a adultos. De entre estos alumnos, que son emigrantes del sur de la península ibérica, la narración nos destacará a Daniel el Monegro. Las hogueras no llega a ser una novela tan coral como Los enanos, pero son bastantes los personajes que entran en la historia y de los que conoceremos sus inquietudes.

Con breves pinceladas, Alós nos irá desvelando el pasado de estos personajes. La mayoría de ellos se sienten atrapados e insatisfechos. Además de las metáforas que parten de la naturaleza y que se van cargando de símbolos, como esas moscas de las que ya he hablado, también habrá más de una nube negra sobrevolando los cielos de la narración. También en las comparaciones y referencias, se notará una presencia agobiante de la imaginería religiosa, con sus santos y vírgenes. La imagen de las hogueras que parecen incendiar algunos cerros de Mallorca también se irá cargando de fuerza simbólica, hasta llegar al bello y triste párrafo final: «Las hogueras. Archibald pensó que a menudo los breves y desesperados vuelos hacia la felicidad son como una hoguera que arrasa y nos hunde en la desesperanza, en la soledad. En la imposibilidad de esperar nada aparte de la diaria y baja rutina…» (pág. 277)

 

El lenguaje de la novela es muy ágil. Alós escribe aquí con frases muy cortas y en muchos casos entrecortadas, donde las frases se quedan en simples sintagmas nominales, y tendrá que ser el lector quien las complete. Así, por ejemplo, leemos en la página 86: «Su marido. Parecía que todo había ocurrido ayer» o «Y él se marchó. Era la guerra. Quemaban las iglesias y las personas chillaban corriendo bajo los aviones que volaban» o en la página siguiente: «Su marido estaba en la cárcel. Escaseaba el pan. Y ella tuvo que ponerse a trabajar. El campo. El sol. La siega». También suele usar Alós construcciones en las que aparecen tres adjetivos seguidos: «Todo era triste, miserable y feo», «La voz es indecisa, lenta, abrupta» (pág. 34), «La cabeza de Asunción Molino es allí una sombra movible, poderosa, grande» (pág. 35).

 

La mirada de Concha Alós sobre la realidad que analiza es muy moderna, porque hay en sus páginas una sensibilidad muy grande hacia la posición de la mujer en la sociedad de la época. De este modo, Sibila quedará retratada como un objeto de deseo en la mirada de los hombres con los que se relaciona, como una posesión de lujo. Así nos habla Alós de la relación en París entre Archibald y Sibila: «Estaba fatigada. La había comprado Archibald con su dinero, con su paz, como años atrás pudo comprarla otro cualquiera por un panecillo caliente» (pág. 47). Alós dibuja a Sibila como una mujer frívola, a la que le cuesta ver más allá de la imagen de deseo que proyecta en los hombres, una mujer ignorante y, en gran medida, superficial, que creció en un hogar machista, en el que la madre trabajaba en casa y el padre le decía que ella no iba a tener que trabajar, gracias a su belleza. Y esta mirada de Alós sobre su personaje es valiosa, porque no lo idealiza, a pesar de ser una mujer, en gran medida, oprimida.

 

La mirada de Asunción, la maestra, sobre el mundo que la rodea será más crítica y meditada. Así en la página 182 leemos: «Las chicas, según ella, no tenían más ambición que llegar a ser el parásito del primer hombre que les pusiera a tiro. (…) No soportaba su juego: un juego de acoso y obsesión hacia el sexo contrario. Comprendió más tarde, cuando pasaron los años, que las mujeres solían apostarlo todo a una carta: su porvenir y la solución de un problema social y sexual. Entonces, en aquellos tiempos, Asunción era una muchacha apasionada, inteligente y arisca, ambiciosa».

La novela también es moderna porque habla del deseo sexual de las mujeres. Y, como ocurría, en Los enanos, frente a la uniformidad social que parece emanar del franquismo, en esta novela aparecen personajes de otras razas. Así se nos hablará de Rosso, que era el novio de Sibila en París, un negro cubano que traficaba con joyas. Y Sibila se adentrará en Palma en la calle de los judíos para comprar un reloj. Esto le servirá a Alós para hablar del odio que ha existido en Mallorca hacia los judíos. También, y aquí la novela tiene un componente social importante, Alós nos va a hablar del rechazo racista de los isleños mallorquines hacia los inmigrantes peninsulares. También se hablará aquí, como ya ocurría en Los enanos, de la homosexualidad, pues se nos dirá que el modisto para el que trabajaba Sibila en París era homosexual. Los temas raciales y sexuales no eran muy frecuentes en la época del franquismo, y a veces sorprende que estos libros consiguieran pasar la censura de la época.

 

En la contraportada de Los enanos, en la editorial La Navaja Suiza, leemos: «Obra cumbre en la narrativa de Concha Alós» y en la contraportada de Las hogueras, en la editorial Seix Barral, leemos: «Las hogueras es la mejor novela de Concha Alós». Así que, según cada editorial, su novela es la mejor de la autora. Creo que Los enanos me gustó más, pero esto no quiere decir que desprecie Las hogueras, porque me ha parecido de nuevo una grandísima novela, y el rescate de esta autora me sigue pareciendo muy pertinente. 

domingo, 23 de agosto de 2026

La señora Dalloway, por Virginia Woolf


La señora Dalloway
, de Virginia Woolf

Editorial Cátedra. 332 páginas. Primera edición de 1925, esta es de 2024

Edición de María Lozano. Traducción de Mariano Baselga

 

Una de mis mayores lagunas literarias era la obra de Virginia Woolf (Londres, 1882 – Sussex, 1941), a pesar de que en la casa de mis padres siempre estuvo disponible una edición de La señora Dalloway (1925), en la colección Biblioteca de Plata –dirigida por Mario Vargas Llosa– del Círculo de Lectores. No sé si fue en un artículo de periódico de los años noventa, o en los mismos prólogos de los libros de la Biblioteca de Plata, escritos por Vargas Llosa, donde leí que Virginia Woolf y su marido Leonard Woolf tenían una pequeña editorial que publicaba literatura experimental (ellos fueron los primeros en publicar a T. S. Eliot), recibieron los primeros capítulos del Ulises de James Joyce en 1918 y rechazaron publicar el libro, que finalmente se publicó en París en 1922. Sin embargo, años después, Woolf pareció tomar ideas de ese libro para su propia obra, como en el caso de La señora Dalloway, que se publicó en 1925, pero que empezó a gestarse en 1922. De un modo vago sé que recibí esta historia, que ahora me he recordado, y mi decisión de leer a Joyce (del que leí tres libros cuando era veinteañero, Dublineses, Ulises y Retrato del artista adolescente), hizo que me alejara de Woolf. En la edad adulta he reflexionado y sabido que arrastraba, desde hace muchos años, este prejuicio contra la obra de Virginia Woolf y que debía ponerle remedio. De esta forma, creo que fue en 2024 cuando le solicité alguno de sus libros a la editorial Cátedra. Solicitar libros a una editorial es una forma de obligarme a leerlos. El mecanismo mental es bastante absurdo, así que no trataré de explicarlo. En ese momento tenían en el almacén Las olas (1931) y este fue el que me mandaron. Las Olas, en Cátedra, está traducido por Dámaso López, pero también tiene un prólogo de María Lozano, que leí que completaba al de La señora Dalloway, también de María Lozano. Así que me apeteció leer primero La señora Dalloway, para acercarme a ese prólogo. Compré el libro de manera online. Cuando llegó a casa me sorprendió la letra tan pequeña y abigarrada con la que está editado, por no hablar de las notas a pie de página, para las que hace falta casi una lupa para leerlas. Esto hizo que no me pusiera de forma inmediata con La señora Dalloway. En 2026 pensé leer este libro en la edición de Alianza, que tiene mi mujer, con la letra algo más grande, y la traducción de José Luis López Muñoz (un clásico de Alianza), pero busqué información en internet y descubrí que tiene algo más de prestigio la traducción de Cátedra que la de Alianza. De este modo, al final tomé el libro de Cátedra y empecé a leer la novela, para acercarme a posteriori al prólogo.

 Creo que tardé un poco en acostumbrarme al tamaño de la letra. Ahora, pasados los cincuenta años, que además de miopía también tengo presbicia, este tipo de detalles, que hace veinte años me habrían dado igual, empiezan a ser importantes. Tuve que leer dos veces las dos primeras páginas porque tenía la sensación de que se me estaba escapando lo que leía. En la primera escena aparece la señora Dalloway, de la que aún no sabemos, el día de junio de 1923 en que transcurre la trama, que tiene cincuenta y dos años, y se nos dice que tiene dieciocho y literalmente leo: «hasta que Peter dijo: “¿Mirando a las musarañas” –eso dijo–. “Prefiero a los hombres antes que a las musarañas –¿eso dijo? Debió decirlo en el desayuno cuando ella había salido a la terraza. Peter Walsh. Volvería de la India un día de estos.» (pág. 150 y segunda de la novela) ¿Estaba hablando con Peter? ¿Con el mismo Peter que no estaba allí, sino en la India? Si tomo la traducción de Alianza, de López Muñoz, queda mucho más claro que la señora Dalloway está recordando una mañana del pasado, en la que tenía dieciocho años. No estoy seguro, pero tengo la sensación de que en el original en inglés se debe de jugar a la confusión de presente y pasado, más como aparece en la traducción de Cátedra, que como aparece en Alianza. El lector, sin embargo, comprenderá pronto el juego estructural y de estilo: los personajes de La señora Dalloway mezclan en su percepción de la realidad lo que están viendo en ese momento con lo que están recordando. A pesar de lo insinuado anteriormente, sobre una posible confusión al empezar a leer el libro, lo cierto es que el juego de Woolf acabará siendo mucho más controlable y comprensible que el de Joyce. Digamos que el flujo de conciencia de Joyce es más salvaje y más puro, en el sentido de que el lector accede a pensamientos del personaje que, en más de un caso, no sabe cómo interpretar, y en los flujos de conciencia de Woolf este recurso narrativo acabará siendo más accesible y más fácil de seguir.

 

La señora Dalloway, casada con un político, pertenece a la burguesía ociosa de Londres y la mañana de junio de 1923 en que comienza la novela ha salido de casa para comprar las flores con las que decorará su casa esa noche, cuando va a organizar una fiesta, algo a lo que es muy aficionada. En más de una ocasión se interroga sobre cómo hubiera sido su vida si se hubiese casado con Peter, que fue su pretendiente en la juventud, pero acabó decidiéndose por Richard Dalloway, que aunque en apariencia parecía un tipo más aburrido era alguien que iba a darle una posición social más sólida. Peter emigró a la India y llevó una vida más disoluta y aventurera que la que hubiera tenido en Inglaterra. Sin embargo, acabaremos sabiendo que la verdadera pasión de juventud de Clarissa Dalloway fue su amiga Sally Seton, rebelde en sus primeros años y ahora también una respetable mujer casada burguesa. «Pero este asunto del amor (pensó, guardando la chaqueta), esto de enamorarse de las mujeres. Por ejemplo, Sally Seton; su relación en los viejos tiempos con Sally Seton. ¿Acaso no había sido amor, a fin de cuentas?» (pág. 179)

En el único día en el que transcurre la novela (igual que en el Ulises de Joyce, aunque ahora en Londres y no en Dublín), aparecerá en escena Peter, recién llegado de la India, que será invitado a la fiesta de Dalloway por la noche. Peter me ha acabado pareciendo un personaje más interesante que Clarissa, con más aristas y claroscuros.

 

Cuando la señora Dalloway sale de la tienda de flores un coche oficial, que tal vez transporte a los reyes de Inglaterra, está atravesando la calle, y el eje de la novela deja de pivotar alrededor de Dalloway, para pasar a hablarnos de Septimus Warren Smith, que también pasea ese día por las calles de Londres. Septimus es un excombatiente de la primera guerra mundial de unos treinta años, casado con una joven italiana al final de la guerra. Septimus sufre estrés postraumático (una enfermedad no considerada aún) y siente disociación y desapego del mundo. Además sufre alucinaciones que alteran su percepción de la realidad. El oficial de Septimus en la guerra, Evans, muere y al principio Septimus se siente contento por no sentir nada, por haber aprendido de la guerra, pero su impresión será falsa y pronto va a empezar a necesitar ayuda psiquiátrica. No es un tema evidente, pero en la relación de amistad que Septimus y Evans tuvieron en la guerra el lector puede sentir una posible pulsión homoerótica. Así que los dos principales protagonistas del libro, Clarissa y Septimus, se nos acabarán mostrando como personas reprimidas por la sociedad en la que viven. Mientras que Septimus ha quedado fuera de la norma y se ha transformado en un paria, Clarissa ha conseguido adaptarse, aunque no por ello parece muy feliz. Al principio, tenía la sensación de que la presencia de Septimus en la novela rompía la historia, era un personaje que no tenía relación con los personajes principales (Clarissa, Peter o Richard…), y que simplemente coincidía en la calle con Clarissa, pero al final Woolf acaba marcando un contrapunto entre los dos principales personajes de la novela (Señora Dalloway y Septimus) y Septimus acaba convirtiéndose en un símbolo de la época (el periodo de entreguerras) en la que se sitúa la acción.

Otro personaje que me ha resultado muy interesante es Doris Kilman, de origen alemán, y que trabaja en la casa de los Dalloway como institutriz de su hija. Una mujer culta, que se ha convertido en otra paria, después de la primera guerra mundial, por sus orígenes alemanes y que arrastra un gran rencor de clase contra la burguesa y, en apariencia, superficial Clarissa. Y también puede estar enamorada de su alumna, Elizabeth Dalloway. Así que esta novela acaba siendo, en realidad, una novela con un trasfondo muy homosexual, lo que es sorprendente para la fecha de publicación.

 

Es destacable el estilo de la novela entre la exaltación ante lo cotidiano y el cambio brusco a la tristeza y la desolación. En las notas a pie de página se habla de la influencia de La tierra baldía de Eliot sobre el estilo de La señora Dalloway. Las metáforas que usa Virginia Woolf en este libro son potentes y bellas.

 

El prólogo de María Lozano es casi tan extenso como la novela. Me ha interesado. Lozano ha hecho un recorrido por la vida de Woolf, así como de la evolución de su estilo desde sus primeras novelas hasta llegar a La señora Dalloway. Por supuesto, como suele pasar con los libros de Cátedra, es recomendable dejar este prólogo para el final, puesto que destripa la novela por completo.

 

En definitiva, he tenido una grata impresión de mi acercamiento, por fin, a una primera novela de Virginia Woolf. Leeré más, sin duda. 

domingo, 16 de agosto de 2026

El universo, por Isaac Asimov

 


El universo, de Isaac Asimov

Editorial Alianza. 484 páginas. 1ª edición de 1966; esta es de 2025.

Traducción de Miguel Paredes Larrucea

Revisión científico técnica de David Galadí-Enríquez

 

Como lector adolescente de libros de ciencia ficción, sentía interés por los misterios del cosmos. De hecho, de Isaac Asimov (Petrovichi, Rusia, 1920 – Nueva York, 1992) leí quince novelas entre los catorce años y los dieciocho, entre las que se encontraba la saga de la Fundación y las novelas de detectives galácticos protagonizadas por Elijah Baley y R. Daneel Olivaw. Sin embargo, nunca había leído ningún libro de divulgación de Asimov. En 1992, no mucho después de su muerte, que sentí casi como la de un familiar, me matriculé en la facultad de Físicas de la universidad Complutense. Estudios que abandoné a los tres años. Las dotes antipedagógicas de los profesores que allí conocí consiguieron que olvidara mi interés por el universo.

Hace unos diez años, me tocó acompañar a unos alumnos del colegio al Planetario de Madrid. Lo cierto es que –a diferencia de a mis alumnos– me gustó mucho lo que allí escuché. Se lo comenté a mis amigos y por mi cumpleaños me regalaron dos libros relacionados con el tema: El universo de Isaac Asimov e Historia del tiempo de Stephen Hawking. Fue un regalo desconcertante; eran libros que me interesaban pero no quería acercarme a ellos. Mi relación de amor-odio con el cosmos seguía vigente. Sin embargo, durante los últimos meses de 2025 me ocurrieron dos asuntos que me hicieron volver a interesarme por estos libros. En primer lugar, estaba acabando una novela de autoficción sobre los años de hierro que pasé en Físicas y en segundo lugar me interesó bastante el tema del cometa 3I Atlas, que atravesó el sistema solar. De vídeos sobre el 3I Atlas, pasé a vídeos sobre agujeros negros, galaxias, relatividad, etc. Y volví a hojear el libro de Asimov. La edición que me regalaron mis amigos era de 2009, y leí en internet que existe otra de 2012, con una revisión científico-técnica a cargo de David Galadí-Enríquez. También leí en internet que para alguien que se quiere iniciar en los misterios del cosmos, este libro de Asimov –publicado en 1966– seguía siendo una lectura válida. Así que decidí comprarme esta edición de 2012, que además tiene el nuevo formato de Alianza que permite abrir el libro mejor que el de 2009.

Los comentarios, o actualizaciones de los datos, están hechos por Galadí-Enríquez a pie de página. Sin embargo, creo que el propio Asimov fue corrigiendo su obra, porque hay comentarios en su texto que son posteriores a la fecha de 1966. También, por ejemplo, están actualizadas las fechas de muerte (posteriores a 1966) de los científicos que se nombra, en el propio texto, sin notas a pie.

 

El hilo argumental del libro es el siguiente: el hombre, 600 años a. C., no sabía cuáles eran los límites del mundo en el que vivía. El viaje que Asimov nos propone es el de descubrir cómo se fueron conociendo, y agrandando, los límites del mundo en el que habitamos. La idea de la Tierra plana se fue abandonando con la experiencia de los navegantes, que observaban que según se desplazaban por el mar no siempre veían las mismas estrellas. «Hacia 350 a. C. ningún científico dudaba ya de que la Tierra fuese una esfera». (pág. 22). Me sigue emocionando la historia de Eratóstenes de Cirene (276 – 196 a. C.) que con la ayuda de un palo, las matemáticas y su ingenio pudo calcular que la circunferencia de la Tierra era de unos 40.000 kilómetros, cifra muy cercana a la real.

Asimov nos hablará sobre cómo se pudo descubrir la distancia entre la Tierra, la Luna y los planetas, gracias al sistema del paralaje. Los griegos llamaban al Sol, la Luna, Venus, Júpiter, Saturno y Mercurio planetes, que significa «errantes», porque, en apariencia, eran los cuerpos celestes que se movían entre las estrellas quietas.

Es curioso saber que, durante unos 1.800 años, después de los griegos la astronomía no progresó nada hasta que llegaron a escena científicos como Nicolás Copérnico, para decir que era el Sol y no la Tierra el centro del universo. En 1609, Johannes Kepler se dio cuenta de que las órbitas de los planetas alrededor del Sol no eran circulares sino elípticas. En 1608, Galileo Galilei reinventó el telescopio.

En 1781 Wilhelm Herschel descubrió el planeta Urano y el diámetro del sistema solar se incrementó hasta el doble de lo que se pensaba.

Más difícil que calcular la distancia de la Tierra a los planetas con la técnica del paralaje fue calcular la distancia a las estrellas. La solución me parece ingeniosa: en vez de mover la posición del observador sobre la Tierra los científicos se beneficiaron del propio movimiento de la Tierra alrededor del Sol, para hacer sus mediciones cada seis meses, cuando la Tierra se encontraba a la máxima distancia de su posición anteriormente medida. Me ha parecido bonita la historia en la que Halley (el del cometa que lleva su nombre en 1718) logra demostrar que las estrellas sí cambian su posición respecto a nosotros, comparando su posición actual con el primer mapa estelar conocido, que fue elaborado por Hiparco en 134 a. C., momento en el que registró la posición de 800 estrellas.

Hacia 1840 los astrónomos consiguieron resolver el problema de la distancia de las estrellas. Sin embargo, la humanidad aún no sabía si solo había una galaxia o muchas de ellas. Para saber que los brillos de algunas estrellas provenían de mucho más lejos que otras, ya que unas pertenecían a nuestra galaxia y otras a galaxias exteriores, los científicos tuvieron que desarrollar la técnica de la espectroscopia; es decir, el análisis de las longitudes de onda de la luz que llega de las estrellas. Mayor corrimiento al rojo significa más distancia.

En 1920 la posición del ser humano en la galaxia sufrió otra alteración drástica. Copérnico desplazó el centro de la Tierra al Sol, y Shapley apuntó que el Sol no era el centro de la galaxia, sino que se hallaba en realidad a las afueras de ese centro. Ya en el siglo XX se descubriría que la luz que recibíamos desde la nebulosa de Andrómeda venía desde fuera de la Vía Láctea y, por tanto, se trataba de una nueva galaxia.

 

Hasta la página 160, El universo me parece un libro precioso. Asimov es un buen narrador y consigue que el lector se interese por esta historia de curiosidad y descubrimientos, que acaba siendo un canto al espíritu humano. Ninguno de los astrónomos de los que se habla en el libro iba a sacar ningún beneficio económico por sus descubrimientos, pero querían saber y ese querer saber acaba siendo definitorio y hermoso.

El capítulo siete –titulado La edad de la Tierra– me ha gustado menos que los anteriores, pero en realidad sé que esto tiene más que ver con mis intereses personales que con la historia científica que Asimov registra en su obra. Me ocurre algo parecido, con el capítulo siguiente, La energía del Sol. Aunque sí que me ha gustado saber que la composición de las estrellas es principalmente hidrógeno y que, gracias a las fusiones nucleares, se va transformando en helio, que son los dos elementos más abundantes del universo. Seguía un capítulo titulado Tipos de estrellas, donde se nos hablará de las gigantes rojas, las enanas blancas, las enanas negras…

«Cuando preguntamos entonces si el Universo es eterno, lo que estamos preguntando es, en esencia, si la fusión del hidrógeno es capaz de perdurar para siempre». (pág. 283).

Asimov también nos hablará del origen del universo y de la teoría del big bang y de ahí pasará a hablarnos de las partículas sin masa. El libro acabará hablando de los cuásares, que son partículas de luz procedentes de los lugares más lejanos del universo conocido y, con un recorrido circular, volvemos al inicio: por ahora conocemos estos límites, pero ¿dónde acaba el universo que podemos conocer?

Como ya he apuntado, algunos temas me han resultado más interesantes que otros. En algunos momentos, el trasfondo de las explicaciones científicas puede ser un tanto complicado, pero ya he apuntado que Asimov, pese a hablar en más de una página de temas técnicos, consigue que su libro sea ameno. En definitiva, Asimov rinde homenaje en El universo al espíritu humano de conocimiento y superación y, esto, en la mayoría de las páginas, es un viaje emocionante.


domingo, 9 de agosto de 2026

Diarios. Edición completa, por Iñaki Uriarte


Diarios. Edición completa
, de Iñaki Uriarte

Editorial Pepitas de Calabaza. 531 páginas. Edición de 2025

 

 

Me llegó al correo electrónico, en septiembre de 2025, la nota de prensa de la editorial Pepitas de Calabaza sobre la reedición de los Diarios. Edición completa de Iñaki Uriarte (Nueva York, 1946) y me apeteció pedírsela a la editorial para poder leerlos y reseñarlos. Víctor Sáenz-Díez, el editor, con el que he hablado alguna vez en persona, me la envió hace ya unos meses. Desde hacía años venía oyendo hablar de estos Diarios de Uriarte, un libro que se fue publicando originalmente en tres volúmenes (cada uno de ellos cubría tres o cuatro años de diario) y que, definitivamente, se ha editado en un solo libro, seguido de un epílogo, que también se publicó de un modo independiente. Hacía años que oía hablar positivamente a escritores de estos diarios de un señor que nació en Nueva York, pero vive en Bilbao y veranea en Benidorm.

 

En las 531 páginas de este libro nos vamos a encontrar con los Diarios de los años 1999 a 2010 y con un epílogo que, de forma mucho más escueta que en los diarios anteriores, muestra anotaciones de Uriarte sin fechas concretas, pero, gracias a algunas acotaciones temporales, el lector sabrá que abarcan casi una década más. En este epílogo nos dará Uriarte algunos datos significativos sobre sí mismo y sus diarios: «Los empecé a los cincuenta y dos años, tras un ingreso hospitalario por una enfermedad grave. Los médicos temieron que fuera la definitiva. Yo nunca lo creí, pero, al volver a casa y cambiar mis hábitos de vida, comencé a escribir estas páginas (¡escribe que has dicho algo!), que se han convertido ya en unas larguísimas últimas palabras». (pág. 493). También leeremos en este epílogo que desde que empezó a publicar –mayo de 2010– casi dejó de hacer anotaciones en su diario. Durante 2009 o principios de 2010, cuando ya sabe que va a salir el primer volumen de su diario en Pepitas de Calabaza empieza a agobiarse con la idea de que las personas de su círculo lean sobre sí mismas en esas páginas y se enfaden, un problema habitual en la literatura de autoficción. También he leído que Uriarte, una vez que empezó a ser reconocido por sus diarios, empezó a sentir la presión del éxito y esto le impedía sentirse tan libre a la hora de escribir, como se sentía en 1999 cuando empezó.

A diferencia de los diarios más tradicionales, aquí las entradas no están señaladas con fechas concretas, salvo la anual. De hecho, muchas de las anotaciones no recogen el día a día del autor, sino que son simplemente reflexiones o ocurrencias sobre la realidad, en muchos casos en forma de aforismos.

La primera anotación de 1999 recoge una visita a un hospital. Uriarte no va a contarnos por qué está en ese hospital, pero el lector –antes de llegar a ese comentario final del epílogo del que he hablado– va a comprender que está leyendo las palabras de un hombre que está cambiando sus hábitos vitales. Uriarte nos va a decir que se ha pasado la vida sin trabajar en una oficina, viviendo del alquiler de una casa familiar y publicando reseñas de libros en periódicos. Sin dineros excesivos, pero sin ataduras tampoco. Esta faceta de su vida le va a permitir conocer a algunos de los autores que admira, como a Jaime Gil de Biedma o Enrique Vila-Matas. También sabremos que ha dejado de beber alcohol, pero que tiene un pasado en el que salía mucho, también a diario, y se levantaba muy tarde.

 

Las reflexiones metaliterarias sobre el propio arte de la escritura y su sentido van a ser abundantes: «Pla dice que hay que escribir como se escribe una carta a la familia, pero con un poco más de cuidado. Aquí voy a hacerlo como si hasta las cartas fueran un alarde de retórica. Como si hablara solo», leemos en la página 11 y primera del diario.

Algunos de sus amigos o familiares va a aparecer aquí con su nombre, como su mujer María o su amigo el escritor Pedro Ugarte, al que sigo en las redes sociales. Pero se referirá a otras personas con la denominación genérica de «X» y esta X puede representar a personas diferentes. En estos casos, suele ocurrir que se critica al tal X o se cuestionan algunas de sus decisiones.

 

En la página 46, por ejemplo, nos encontramos con varias anotaciones que cumplen la función de aforismos. Recojo algunos como muestra: «Los cambios bruscos de tiempo animan la ciudad. Una granizada, por ejemplo, es excelente para aumentar la cordialidad en el ascensor», «Ser guapo ayuda a obtener buenas notas en el colegio. Más tarde, no favorece el reconocimiento intelectual», «Escribir tiene un efecto anestésico. Tranquiliza, como una pastilla ansiolítica. Pero, además, produce una cierta embriaguez. Esto hace que, según decía Cyril Connolly, tantos malos escritores no consigan dejarlo».

 

También se van filtrando algunos comentarios sobre actualidad política en el diario, sobre todo en relación a la política vasca, pues Uriarte es un habitual de las manifestaciones en contra de ETA. Uriarte no es un nacionalista vasco, pero tampoco se siente cómodo con los nacionalistas españoles que desprecian lo vasco. No sabe hablar el idioma vasco, pero no le gusta que nadie lo desprecie.

También iremos conociendo su historia familiar, y cómo sabremos que él nace en Nueva York, donde uno de sus abuelos había emigrado desde España y abierto allí una pensión. No mucho después de nacer, Uriarte vendrá a España, primero a San Sebastián y definitivamente a Bilbao.

 

Uriarte deja constancia en su diario de algunas de sus pequeñas vanidades, como el hecho de querer reflejar en sus páginas sus encuentros con personas famosas, que aparecen en el libro a modo de cameos. En muchos casos, el tono de sus escritos es autoirónico, y consigue ser bastante divertido, como cuando habla del tiempo que pasó en prisión por manifestarse en contra de la dictadura y dice de sí mismo que debió de ser el único preso del franquismo que salió de la cárcel con chófer. El tema de los atentados del 11 de marzo de 2004 también dará lugar a comentarios interesantes.

 

Además de las entradas del diario, a veces también podemos leer algún mail o algún texto que Uriarte escribió para un periódico, lo que hace que se incremente el abanico de recursos narrativos del libro.

 

También son muy abundantes las citas literarias que recogen los Diarios. Seguramente el autor favorito de Uriarte sea Montaigne y sus ensayos («Supongo que los Ensayos es el libro más importante de mi vida», pág. 364), y este autor debe ser el más citado en todo el libro. También destacará su predilección por Jorge Luis Borges. De hecho, Borges acabará siendo el nombre de un gato que adoptará Uriarte, y cuyas andanzas en la casa familiar serán también uno de los temas recurrentes de estas páginas. Para mí, que también convivo con gatos desde 2021 son páginas agradables. Me hizo gracia el comentario de Pedro Ugarte, uno de los amigos a los Uriarte deja sus diarios antes de que estén publicados, sobre que ya está harto de leer sobre el gato.

 

Creo, y el mismo Uriarte, lo dice que los Diarios que el lector acabará leyendo están muy editados y expurgados respecto a los diarios originales. Uriarte nos dirá que relee mucho lo que escribe y que elimina muchas entradas (primero escribe en un cuaderno y luego lo pasa al ordenador) sobre todo aquellas que recogen estados de ánimo tristes o enfrentamientos con otras personas. Por esto, en muchos casos, como ya he comentado, no hay una idea muy clara de continuidad narrativa. «Leo páginas de años anteriores y las borro. El diario va en contra de mi memoria, que tiende a olvidar los momentos malos. No me interesa que me los recuerde. Esto no es un acta notarial de mi vida», leemos en la página 445.

Durante unos meses al año, María, la mujer, y el autor se desplazarán a un piso que poseen en Benidorm. De hecho, Uriarte también es famoso por su reivindicación posmoderna de esta ciudad de veraneo.

 

Me han entrado ganas de leer los ensayos de Montaigne. Imagino que algo de la forma de escribir de Uriarte vendrá de ellos. Sí que he descubierto ahora de forma clara a uno de los seguidores de Uriarte: los diarios de Eduardo Laporte.

No he leído el diario de seguido, sino que he hecho tres pausas para leer tres novelas breves. En principio, los lectores originales de este libro tuvieron que hacer paradas de al menos un año entre las tres entregas originales, más luego el epílogo. Y el género del diario permite, y casi es recomendable, estas pausas.

«Yo también pienso que el mundo, la vida, o lo que sea, me ha tratado injustamente. Pero a mí favor» leemos en la página 290 de este libro que, entre cosas, acaba siendo las memorias de un dandy, un caradura simpático, melancólico, inteligente, lector y reflexivo. Una lectura muy gratificante, que ha dejado con ganas de saber más de Uriarte, con el deseo de leer la versión expandida de los años comentados brevemente en el epílogo.

domingo, 2 de agosto de 2026

Los secretos de la defensa de Madrid, por Manuel Chaves Nogales


Los secretos de la defensa de Madrid,
de Manuel Chaves Nogales

Editorial Renacimiento. 233 páginas. Primera edición de 1938, esta es de 2017

Dibujos de Jesús Helguera y prólogo de Antonio Muñoz Molina

 

De Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897 – Londres, 1944) había leído, hasta ahora, el volumen de cuentos A sangre y fuego (1937, Santiago de Chile), donde hablaba de la violencia de la guerra civil, perpetrada por ambos bandos. Fue un libro que me gustó mucho y, desde entonces, he tenido ganas de volver a él. Hace unos años, encontré en una librería de segunda mano del barrio de Pueblo Nuevo una edición prácticamente nueva de Los secretos de la defensa de Madrid, publicada por la editorial Renacimiento de Sevilla, en 2017. Con mi desbarajuste de lecturas habitual, en el que priorizo los libros que pido a editoriales sobre los que compro yo, se me había ido quedando sin leer, hasta este mayo de 2026, en el que me apeteció hacer un alto en el libro Novelas cortas de Iván Turguénev, y me puse con este libro de Chaves Nogales.

 

El libro cuenta con un prólogo de Antonio Muñoz Molina. En él, se nos dice que Los secretos de la defensa de Madrid se escribió en 1938, con cierta distancia de los hechos narrados (el primer intento de los militares rebeldes de tomar Madrid en noviembre de 1936), pero que parece una crónica escrita a toda velocidad, de forma inmediatamente posterior a los sucesos que narra. Esta primera apreciación de Muñoz Molina me ha parecido totalmente cierta. La sensación que he tenido como lector era la de estar leyendo una crónica periodística de la época, escrita de forma fulgurante y muy apegada a los acontecimientos. Originalmente este libro se publicó por entregas en la revista mexicana Sucesos para todos en 1938, con los dibujos del mexicano Jesús Helguera, que aparecen en esta edición.

Después del prólogo de Antonio Muñoz Molina hay una «nota del editor» en la que se le informa al lector de que esta edición de 2017 es algo diferente de la que ya existía de 2011, principalmente porque en 2011 no pudieron conseguir de la revista mexicana Sucesos para todos el capítulo X y se tuvo que retraducir al español de una traducción al inglés. Además, en 2017 pudieron utilizar una edición en rústica completa y disponer así de todo el material gráfico. Además aquí se han añadido dos trabajos finales de Chaves Nogales, publicados en la revista mexicana Hoy el 18 en 1939.

 

Los acontecimientos que narra Chaves Nogales en este libro son los mismos de los que se ocupa el libro de cuentos Largo noviembre de Madrid (1980) de Juan Eduardo Zúñiga, cuando se organizó la defensa de Madrid, por parte de la república, contra las fuerzas franquistas que deseaban conquistarla. Zúñiga centraba su atención sobre todo en la gente de las calles de Madrid, atemorizada por los bombardeos franquistas sobre la capital. También leí sobre estos hechos en el libro de historia La guerra civil española de Paul Preston. Aunque en el libro de Preston, esta defensa de Madrid no ocupaba tantas páginas, ni era contada con tanto detalle como lo hace Chaves Nogales en Los secretos de la defensa de Madrid.

 

En gran medida, la crónica de Chaves Nogales es una reivindicación de la figura de José Miaja, que fue el general que, fiel a la República, se quedó en Madrid organizando su defensa, mientras el gobierno huía hacia Valencia. En noviembre de 1936, Miaja es un militar, con una carrera poco destacada, que ya tiene cincuenta y ocho años, pero con unas convenciones firmes sobre sus funciones en la guerra, en un contexto que, como vamos a ver, le era bastante desfavorable. En cambio, dentro del bando republicano, Chaves Nogales va a tener una mirada negativa sobre Francisco Largo Caballero, el presidente del gobierno en ese momento. «Largo Caballero ha recorrido los frentes de la Sierra disfrazado de caudillo tropical, cubierto con un inverosímil sombrero de alas anchas y armado con un rifle». (pág. 18) De hecho, Chaves Nogales va a documentar la tensión entre Miaja y Largo Caballero, ya que este último pensaba, desde Valencia, que quizás Miaja tuviera el deseo de convertirse en la cabeza de la República, quitándole el puesto, y esto hará que Largo Caballero, por ejemplo, no le envíe armas en momentos complicados de la contienda, y Miaja vaya a la retaguardia a apropiarse de ellas por la fuerza, lo que dificultará aún más las relaciones entre ambos líderes.

Aunque la figura de Francisco Franco, aparece de un modo difuminado y lejano en este libro, Chaves Nogales también le lanza alguno de sus dardos: «Si Franco hubiese sido efectivamente un gran capitán sus tropas hubieran entrado aquella mañana en Madrid. Le faltó la intuición genial, la resolución fulminante, la videncia típica del caudillo». (pág. 32)

 

Otro problema con el que se va a enfrentar Miaja es que el pueblo de Madrid desconfía de los militares fieles a la República, porque piensa que pueden ser traidores, y se fían mucho más de los líderes populares, salidos de los sindicatos, muchos de los cuales tienen buena voluntad, pero no formación militar. De este modo, es difícil para Miaja organizar una defensa sólida de la ciudad, ya que los sindicatos y asociaciones obreras funcionan, en gran medida, de un modo independiente, y pronto, además empezarían las tensiones entre los comunistas y los anarquistas. «Otros, son hombres de acción de los partidos revolucionarios, bárbaros caudillos del pueblo, guerrilleros típicamente españoles, dignos descendientes del Empecinado, hombres jóvenes, fuertes, temerarios; pero incapaces de sostener la lucha contra un ejército moderno y bien equipado con tanques y aviación”. (pág. 33).

La mano derecha de Miaja va a ser el teniente coronel Vicente Rojo, al que Miaja nombra jefe del Estado Mayor del ejército que defiende Madrid. En menos de seis horas desde que se marchó el gobierno, Miaja ha rehecho un aparato defensivo para Madrid.

En las páginas del libro se homenajea a algunas personas anónimas del pueblo de Madrid que actuaron de una forma heroica, como a la costurera Teresa, que sale a la puerta de su casa a arengar a los milicianos y morirá de un balazo, o Antonio Coll, un marinero que se atreve a ponerse delante de un tanque franquista, con un cinturón de bombas, que le arroja, y logrará reventar uno, aunque perecerá al tratar de repetir su hazaña.

También hay ciudadanos que no participan en la defensa de Madrid, y algunos de ellos, al salir del metro, son obligados a ir a cavar zanjas para hacer trincheras. «Treinta y seis mil hombres ha costado a Madrid su resistencia este primer mes», leeremos en la página 133. Entre otras cosas, los primeros días Madrid pudo salvarse de su caída, porque llegaron a la ciudad unos 3.500 soldados de las Brigadas Internacionales, sobre todo comunistas alemanes e italianos, que habían combatido en la Primera Guerra Mundial y tenían experiencia en la guerra de trincheras.

Cuando escribí mi novela de no ficción sobre la guerra civil, en la que investigaba sobre un caso de asesinato en el que se vio envuelto un familiar mío, contacté con historiadores aficionados de la guerra civil y uno de ellos me contó una historia que recoge también aquí Chaves Nogales: las fuerzas españolas capturan un tanque, en el que un militar muerto tiene un documento con la estrategia para tomar Madrid, y al poder diseñar una contraestrategia, en función de esta información, se pudo contener el ataque.

 

Uno de los escenarios de la guerra en Madrid va a ser la Ciudad Universitaria, muchos de cuyos edificios se habían levantado hacía poco, y allí tenían que aguantar los soldados republicanos casi sin medios, envueltos en periódicos para soportar el frío de las noches.

En las páginas 132-33 leemos: «Con más sosiego ya, Miaja, asistido por la Junta de Defensa, se dedica a organizar la vida de esta ciudad de un millón de habitantes que están bajo el fuego continuo de las baterías enemigas. Crea un consejo ordenador de los servicios de vigilancia, centraliza los abastecimientos en los que había antes una rapiña indecorosa, persigue implacablemente a los asesinos que actuaban a favor de la impunidad revolucionaria y poco a poco va creando una normalidad y un orden en medio del caos de la guerra y la revolución». Chaves Nogales está en contra de los asesinatos de civiles que se cometieron en el lado republicano y honra a Miaja al hablar de su preocupación por este tema. «¡Hay que acabar con los asesinos! Esa fue la obsesión de Miaja desde el primer día», leemos en la página 141. Muchos de estos asesinatos provenían de agentes descontrolados que se movían por la venganza personal y el deseo de robar joyas y dinero de las víctimas. Miaja tendrá también que mediar con líderes anarquistas como Cipriano Mera que, ante un revés en el frente, cree que sus hombres han sido traicionados por los militares republicanos, y también tendrá que lidiar en las tensiones entre comunistas y anarquistas, cada vez más tensas por el control de los escasos víveres que llegan a Madrid por la carretera de Valencia.

 

Algo llamativo es que, dentro del dramatismo y la tensión de todo lo contado, Chaves Nogales encuentra ocasión para narrar algunos sucesos con humor, un humor que se desprende del pueblo de Madrid, capaz de enfrentarse a la tragedia desde la broma. Me he reído con una historia sobre unos soldados franquistas apresados, que al encarcelarlos piensan (debido a la propaganda fascista) que se encuentran entre bestias, que no van a dudar en matarlos de inmediato. Además de que piensan que los soldados de Madrid son todos rusos, entre otras cosas porque los madrileños han jugado a confundirlos con esto, cantando en las trincheras coplillas con un lenguaje inventado, que imitaba al idioma ruso, y prisioneros y carceleros acaban todos riendo al descubrirse el engaño. La escena y el capítulo, sin embargo, acaban con un soldado franquista que empieza a suplicar que le dejen libre para visitar su casa familiar, donde vive su madre, porque ha estado durante semanas bombardeando Madrid y teme haber sido el causante de su muerte. Absurdo, humor y drama se hilan en un revoltijo muy ibérico.

 

Antes de llegar al apéndice, el libro termina con un alegato final en contra de la guerra, usando la metáfora de los combates precisamente en la Ciudad Universitaria, un centro que debería haber sido de saber: «Esa mala levadura que hay en el comunismo y en el fascismo, así como en la barbarie anarquista o autárquica y en el internacionalismo revolucionario o el nacionalismo reaccionario, fue la que hizo morir y matar a aquellos millares de bárbaros que se acometieron como fieras rabiosas precisamente en el terreno que España había destinado a los más soberbios templos de la cultura que se habían erigido en Europa. No por demasiado fácil es desdeñable el simbolismo de que fuese allí precisamente, en la Ciudad Universitaria, donde el destino quiso que se afrontasen las dos modernas concreciones de la humana bestialidad». En cualquier caso, no se puede hablar de equidistancia en Chaves Nogales, porque se muestra de forma clara en contra del golpe de estado franquista.

 

Me ha gustado mucho Los secretos de la defensa de Madrid. Chaves Nogales escribe con un grandísimo sentido del ritmo, y lo narrado siempre tiene interés. Los detalles de los que nutre su crónica son muy vivos. He pensado en algún momento que estaba novelando y que se inventaba algunas partes, o las suponía, como los sentimientos de Miaja, pero, por lo que leo en internet, se entrevistó con testigos y se documentó bastante para escribir este libro.

Me han gustado menos los textos del apéndice, titulados Los días de agonía del gobierno del Dr. Negrín y Cómo cayó Madrid: horas de angustia, que no formaban parte de la crónica de Madrid y me han parecido algo innecesarios. En cualquier caso, ha regresado a mí el mismo sentimiento con el que acabé de leer A sangre y fuego: debo leer más libros de Manuel Chaves Nogales, porque es un grandísimo escritor.

 

 

domingo, 26 de julio de 2026

Cabezahueca, por Óscar Gual


Cabezahueca,
de Óscar Gual

Editorial Sloper. 311 páginas. Primera edición de 2025

 

Hace unos meses, me escribió Román Piña, el editor de Sloper –donde yo tengo publicada mi libro Los insignes (2015)– para ofrecerme el envío de la novela Cabezahueca (2025). Tanto él como el escritor Óscar Gual (Almazora, 1976) pensaban que a mí, admirador de Philip K. Dick, me podía gustar. Acepté el envío y he leído la novela unos meses más tarde.

 

El comienzo de Cabezahueca es bastante llamativo. Se nos va a presentar a Rose, una de sus protagonistas, que es una exmilitar que ahora se gana la vida como combatiente de lucha libre. El primer capítulo describe un combate entre Rose y un hombre con implantes de dinosaurio; mientras se nos narran las lides del enfrentamiento, Gual nos irá aportando datos sobre el pasado de Rose y sobre el mundo futuro que su imaginación ha creado. «Rose se acostaba en el porche de la casa de su tía y disfrutaba del espectáculo», leemos en la página 15 y frases como esta nos harán pensar en una imaginería estadounidense para el pasado de los personajes, aunque, más adelante, gracias a nuevos datos, acabaremos suponiendo que la historia transcurre en España. Sobre el mundo creado, sabremos que la ciudad en la que nos encontramos es Sierpe, que yo he situado en la costa española (Comunidad Valenciana, Murcia…), pero cuya ubicación real no queda del todo definida. Cada ciudadano del nuevo mundo va acompañado de un «duende», y esta es la gran creación del libro. Un duende es una especie de muñeco de unos quince centímetros, que suele acompañar al humano sobre uno de sus hombros, y que puede tener diferentes apariencias (desde un gremlin a un ornitorrinco). Los duendes son pequeños robots, o IAs, cuya misión es aconsejar a su humano para que este siempre tome las decisiones que más le convienen; desde elegir un trabajo, hasta una pareja.

 

La novela está dividida en cuatro partes, o «actos», y cada acto en cuatro capítulos. Me ha gustado bastante este primer capítulo de Cabezahueca, titulado La última pelea. Me ha parecido que Gual era un escritor dotado y que sabía dosificar bien la información en una escena de acción (la pelea en el ring) y a la vez transmitir al lector información sobre el pasado de sus personajes y el mundo propuesto, con su propio vocabulario técnico. Quizás me ha gustado menos el uso estilístico de algunas frases hechas, como  «de perdidos, al río» o «por si las moscas». En realidad, el lenguaje es creativo y, en más de un caso, se nota que Gual ha investigado sobre la realidad que nos está contando (como cuando, por ejemplo, describe una escena de submarinismo profundo), pero me ha rechinado un poco la decisión de usar este tipo de expresiones coloquiales; aunque, en realidad, habría de añadir, que son fruto del uso del estilo indirecto libre, donde se refleja –desde la tercera persona– los pensamientos de los personajes.

 

En definitiva, acabé el primer capítulo con una muy buena sensación. Aunque Cabezahueca es la primera novela que leo de él, este capítulo me deja claro que Gual no es un escritor primerizo o titubeante (de hecho tiene cuatro novelas previas, publicadas en editoriales de prestigio). La filiación con Philip K. Dick, escritor por el que siento una gran admiración, me parece fuerte. Y por esto, quizás me decepcionó un tanto el segundo capítulo, porque me esperaba el desarrollo de una trama a lo Dick, una trama en la que el personaje principal (Rose), por ejemplo, empieza a ser perseguido y no sabe por qué. Sin embargo, el segundo capítulo –titulado La última sonrisa– nos presenta a nuevos personajes, y aquí sabremos, por ejemplo, que el cantante Raphael llegó a ser presidente de España a los 107 años. Como Raphael nació en 1943, alcanzaría esa edad en el año 2050; así que ahí estaría (en realidad, las fechas en las que sitúa la trama están colocadas al principio de cada acto) situada temporalmente la novela. Sabremos también que el presidente de España es llamado Campeón y padece síndrome de Down y que la presidenta de Estados Unidos es una Gwyneth Paltrow de 77 años. En un edificio gigante de Sierpe –la ciudad en la que se sitúa la acción– se encuentra la sede de Llaga Corp., una multinacional dirigida por el magnate Lluc Llaga, que pretende colonizar Marte (este detalle es muy Philip K. Dick). El logotipo y emblema de la empresa es un cerdito, que corona la azotea del edificio. Diría que después del primer gran capítulo, este segundo, con su deseo de hacerle chistes al lector español, me ha sacado un tanto de la historia, y he comprendido que no estaba ante una apretada trama de Dick, sino ante una novela posmoderna, con narración fragmentaria, múltiples hilos narrativos que puede que no acaben de cerrarse, ironía continua y descreimiento sobre lo contado, intervención del narrador en la historia con comentarios metanarrativos (por ejemplo en la página 71: «En realidad, “Hola, mundo” debiera ser el principio de esta historia, antes de la pelea de Rose»), etc.

 

El capítulo tres –El último wiski– conoceremos a Chordi Masvidal, que trabaja como guionista de las peleas de lucha libre, en las que participa Rose. Además, Chordi es hijo de un famoso exluchador, admirado por Rose. Chordi lleva una vida solitaria, revisitando culebrones antiguos, en busca de tramas para las historias de sus luchadores, acompañado de una perra. Sus vecinos de abajo son tres jóvenes metaleros que luchan contra el sistema, quizás desde una célula con intenciones terroristas, que se interroga por la verdadera naturaleza de los duendes, cuya posesión el Estado quiere hacer obligatoria para cada ciudadano: «Optimizasteis las condiciones laborales, la producción cultural y las relaciones sociales: en menos de una década la salud física y mental de la humanidad mejoró de forma drástica», nos señalará una voz, en la página 77, hablando de los duendes, la voz de Cabezahueca, en unos discursos (hablará más veces en el libro) que me ha recordado a la creación de una deidad en libros como Ubik, de Philip K. Dick, referencia real de esta novela de Gual.

 

En las cuatro partes de la novela se producen saltos temporales (2050, 2053, 2055 y 2056), y los personajes principales sufrirán cambios vitales significativos de una parte a otra. Aunque al principio he tenido la sensación de que la novela era un tanto deslavazada, al final he acabado pensando que su composición estaba mucho más meditada de lo que había estado suponiendo. Sí que existe una trama, aunque no tan cerrada como las de Philip K. Dick, y sí que existen unos personajes principales que, aunque al principio se nos presentan por separado, se acaban conociendo e interactuando. En alguno de los capítulos se incluían pequeñas historias, que más que relatos eran resúmenes de novelas (que serían los guiones que estaba escribiendo Chordi), y este ha sido un recurso narrativo que me ha gustado bastante (me ha parecido muy a lo «Roberto Bolaño»), sobre todo por la riqueza de sus detalles que, como ya apunté, en gran parte mantienen un imaginario estadounidense.

Pese a algún pequeño defecto, que ya he comentado, considero que Óscar Gual ha creado una novela de ciencia ficción sólida y atractiva, reflexionando (como suele hacer la buena ciencia ficción) sobre los miedos del presente; en este caso, el miedo tecnológico al avance de la inteligencia artificial y la pérdida del libre albedrío de los humanos.