domingo, 16 de junio de 2013

Fabulosas narraciones por historias, por Antonio Orejudo

Editorial Lengua de Trapo. 393 páginas. 1ª edición de 1996.

Mi amigo el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio llevaba tiempo animándome para que leyera a Antonio Orejudo (Madrid, 1963), ya que para él es uno de los escritores españoles actuales más destacados y le extrañaba que yo aún no lo hubiera leído. El año pasado, paseando por la Feria del Libro de Madrid, nos acercamos hasta la caseta de Lengua de Trapo y saludamos a sus editores. Allí estaban las primeras ediciones de los libros de Orejudo. Ahora los derechos de venta de Fabulosas narraciones por historias los tiene la editorial Tusquest, pero Lengua de Trapo puede vender los ejemplares que editó en su día y que no se vendieron. Lengua de Trapo sigue, igual que en los años 90, realizando la valiosa tarea de descubrir a nuevos autores, que cuando tienen éxito y reconocimiento suelen mudarse a editoriales más grandes. La edición que compré es extraña: no encuentro su imagen en internet. Al final del volumen tiene una nota que afirma que se acabó de imprimir en octubre de 1996 en Madrid, pero en la parte de atrás de la cubierta se afirma también que este libro ganó el premio Tigre Juan a mejor primera novela en 1997. Es como si el cuerpo del libro no se hubiera modificado para una supuesta segunda edición, pero sí la cubierta. La foto que he tomado de internet es la de la primera edición; la mía, con unas plumas estilográficas con la cabeza de Ortega y Gasset o Gómez de la Serna le extraño verla al propio Antonio Orejudo con el que crucé dos palabras en la feria del libro de este año. Fui a su caseta para que me firmara este libro y compré el de Ventajas de viajar en tren.

En todo caso, compré el libro y he tardado un año en leerlo. Lo he tomado de mi estantería de inleídos durante el pasado mes de mayo, en que extrañamente he leído seguidos unos cuantos libros escritos por españoles.

Fabulosas narraciones por historias nos lleva al Madrid de 1923 y al entorno de la Residencia de Estudiantes dirigida por José Moreno Villa. Los protagonistas principales son tres jóvenes: Patricio Cordero, sobrino del novelista José María de Pereda, Martiniano, sobrino de Azorín, y Santos, un joven de origen rural, cuya familia se dedica a la cría de cerdos. Una constante en el libro será la mezcla de personajes reales con otros inventados; así por estas páginas desfilarán Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez, García Lorca, Neruda, Vicente Huidobro… En una nota final Orejudo afirma que esta novela “bautiza con nombres verdaderos a personajes imaginarios”.

El tono de farsa irónica queda establecido desde la primera página del libro (o incluso desde la primera frase: “¿Y si después de todo no era un genio?”), narrado en tercera persona; una tercera persona omnisciente, que a menudo, guiada por su afán caricaturesco, dirige una mirada de superioridad condescendiente y de burla sobre sus personajes; así, por ejemplo, habla de Santos en la página 335: “Pasaba las tardes de invierno con la Chari frente al fuego, que le provocaba pensamientos que a él le parecían profundos”. Las caricaturas de Juan Ramón Jiménez, convertido en un maniático del silencio y del orden, y la de Ortega y Gasset, convertido en un sátiro intrigante, son especialmente divertidas. Las famosas tertulias literarias de la época tampoco se van a escapar al escarnio burlesco de esta mirada novelística que parece ridiculizar todo lo que describe.

La Residencia de Estudiantes era un caos de señoritos, nos cuenta Orejudo en esta novela, un caos de juventud bullente como era el Madrid de la época. Ya sabía por novelas como La calle de Valverde de Max Aub que Madrid era una ciudad más moderna en 1923 que en 1943 o 1953, una ciudad que miraba a Europa con una cercanía que iba a quedar cercenada por la autarquía de años venideros. Así, al recrear el lenguaje de 1923 (una recreación muchas veces falsa, pues los jóvenes de esta novela hablan como los de la década de 1990) Orejudo emplea el uso de términos en inglés: race, leader, off-side…, y los nombres de los personajes aparecen, a menudo, transformados en diminutivos de sonido anglosajón: Pátric, Martini…
 Me ha llamado poderosamente la atención una imagen: “Las races de autos ilegales que Teuco Salas, el hijo del embajador argentino, organizaba viernes y sábados, a partir de las tres, al final de la Castellana.” (pág. 37).
En todo caso, existe una diferencia clara entre un libro como La calle de Valverde de Aub y Fabulosas narraciones por historias de Orejudo, éste último recrea la vida madrileña de la década de 1920 con la visión desenfadada y desprejuiciada de 1990; así el sexo explícito será frecuente en esta novela, mientras que en la Aub una realidad como ésa se mostraba muy elípticamente.

En la página 297 he marcado el párrafo que posiblemente justifica el título del libro: “Nos pasamos toda la vida tomando las narraciones fabulosas por historias y, cuando por fin conseguimos entrever la historia verdadera, ésta nos suena tan fantasiosa que no nos la creemos.”

El todo burlesco de la primera parte del libro (con su abultado humor escatológico y brutal, tan español: pedos, golpetazos…) empieza a dejar entrever una realidad más turbia, como el juego a través del cual la Generación del 27 fue fruto de una conspiración que pretendía canalizar el gusto popular hacia la poesía o la novela de prosa poética en contra del realismo (conspiración dirigida por José Ortega y Gasset), que acabará conduciendo –sin abandonar el tono burlesco- hasta el asesinato.
La novela gana en altura cuando la narración nos conduce hasta la Guerra Civil y la posguerra, y veamos la evolución de Patricio o Santos bajo el nuevo régimen, cuando aquellos años locos de la juventud han quedado tan atrás.

Otro elemento destacado de esta novela es que en la narración se van intercalando páginas de memorias, de entrevistas o de ensayos publicados ya en la democracia o cerca de la democracia (años 1970-1990), donde las palabras de personajes reales (por ejemplo, aparece alguna página real de Ortega y Gasset) se van intercalando con las de otros inventados. También la novela recoge artículos de la revista pornográfica de la época La Pasión, que al final descubriremos que están escritos por algunos de los personajes del libro.

El tono burlesco, de condescendiente farsa, y el lenguaje irónico y sonoro, tan cervantino, me han recordado también al empleado por Luis Landero en su primera novela, Juegos de la edad tardía.

La lectura de Fabulosas narraciones por historias ha hecho que me apetezca leer más novelas españolas, novelas que reflejen como era este país hace décadas. Tengo que acercarme a Benito Pérez Galdos, por ejemplo; y he estado a punto de leer otro de mis inleídos clásicos: Lola, espejo oscuro de Dario Fernández Flórez.
En todo caso, he descubierto por fin a Antonio Orejudo, y su primera novela, publicada el año en que el autor cumplía treinta y tres años, y por tanto, posiblemente escrita con unos treinta, me ha parecido verdaderamente ambiciosa y conseguida.

Seguro que repetiré con Orejudo.

martes, 11 de junio de 2013

El bar de Lee en la Feria del Libro de Madrid



Canción del optimista
Por si alguien se pasa por la Feria del Libro del Madrid, ubicada en el parque de El Retiro, y le interesan mis libros, los puede encontrar en las siguientes casetas:

Caseta 118
Librería La Marabunta
El bar de Lee.

Caseta 37
Distribuidora Maidhisa
El bar de Lee
Siempre nos quedará Casablanca
Acantilados de Howth.


Voy a dejar aquí los dos poemas que justifican el título del poemario. El primer pertenece a Móstoles era una fiesta y está escrito en 1998 y el segundo pertenece a El Calvo del Sonora y está escrito en 2008. Creo que es fácil apreciar las diferencias de estilo:



EL BAR DE LEE

                        Te ruego que no hagas preguntas
                          ésta es la Tierra Dorada.
                                                          Henry Roth

Imagínate
espesos goterones de pintura sin pupilas
como los síntomas de la escalera de mano,
la puerta de cartón piedra agujereada
a patadas para ver si hay alguien meando,
la espalda negligente apoyada en la pared,
estibando la carga de ginebra barata
las manos ejercen movimientos crispados

mientras el alivio y la geometría del arco surge
y con vapor
lees los eddings de los baldosines:
                                                  Mas porros pa mis morros
                                                  mas farla pa yo fliparla.
los haikus expresionistas
te dicen que la poesía
es como la vida:             deseos, miedos y ansiedades
                                        detenidos en una pared húmeda

como yo no tengo edding mi haiku
en verso libre            (libre como el viento
                                     libre como yo en este váter)
se enrosca en el vapor dorado
                  ésta es la Tierra Dorada:
                               Si alguien encuentra a mi juventud perdida
                               que llame a este baldosín. Se gratificará.

 La música se filtra en hebras por los agujeros
de la puerta como en un cuadro de Munch.




EL BAR DE LEE II

Ahora son gestorías o sucursales bancarias,
aunque a veces persisten bajo el gobierno
de otros dueños que impusieron las voces
y la música de sus estridentes decorados.
                    Esto lo sabíamos
y aún así nos empeñamos en recorrer
de nuevo los bares donde trasnochó
la inquietud de entonces. En el mejor
de los casos reírnos tratando de conquistar,
con el regreso físico, el imposible viaje
al pasado, el revivir de unos años
ni tan siquiera demasiado felices.

Camuflada bajo otro nombre empujé
la puerta del Tuburio, el bar de Lee,
donde, atraídos por la música y los precios,
desgastamos tantas horas de fin de semana.
Recordé entonces la noche postrera
en que Lee nos contó que había alquilado
el Tubu y pretendía venderlo. Tras la insostenible
prórroga de sus estudios de Informática
una oficina le reclamaba.
          Y en esas palabras,
insidiosas entre los nuevos inquilinos
del bar, adolescentes de huidizas sudaderas
con capucha, zombis de música quebrada,
sentí que moría una parte de mi juventud.

Empujé el frío metal. Ningún sonido,
ninguna luz, vinieron a saludarnos.
Pensé confundido que debía enfrentarme
a una segunda puerta, y, en ese instante,
gracias a la débil iluminación que proyectaban
las farolas, me encaré con mi propia sombra.
Carcomida silueta sobre el fondo de un local
a oscuras, abandonado, fantasmagórico
y aún así expuesto a la derrota del tiempo
sin la censura amable de ningún candado.

Y me adentré en la penumbra incrédulo,
hasta que chocó mi pie contra un obstáculo.
Entonces un bulto se agitó en la oscuridad.

domingo, 9 de junio de 2013

La luz y el frío, por Joan Payeras

Editorial Vitrubio. 83 páginas. 1ª edición de 2013.

Conocí a Joan Payeras (Palma de Mallorca, 1973) hace un par de años. Me lo presentó mi amigo el poeta Javier Cánaves una noche que quedé con él en el paseo de Palma de Mallorca, donde viven los dos. Yo estaba allí de viaje de fin de curso con los alumnos del colegio donde trabajo. Pasamos una noche agradable hablando de libros.
El año pasado me presenté con mi último poemario al premio convocado por el Café Comercial, que editaba la madrileña Vitrubio. Era la primera convocatoria de este premio sin dotación económica y resultó (como le escuché contar a sus organizadores meses después) un éxito en cuanto al número de participantes. No gané ese premio, pero me alegró ver que el ganador era aquel Joan Payeras que me había presentado Cánaves, que tan bien me cayó, con el que había intercambiado después algunas palabras por facebook, y cuya presencia como ganador acreditaba que el primer premio del Café Comercial no había estado amañado (sospecha habitual que recae sobre la mayoría de premios de poesía de este país).

El pasado 15 de marzo, cuando el libro se presentó en el Café Comercial, me apeteció pasarme a saludar a Joan. Me gusta el Café Comercial; con los precios por las nubes del Café Gijón, el Comercial es el café literario más emblemático de la capital. Sin embargo, nunca había subido a su segunda planta, al llamado Rincón de don Antonio, con su gran vista sobre la glorieta de Bilbao.

Hace unas semanas me acerqué a los poemas de La luz y el frío, unos poemas normalmente cortos, tanto que algunos caben en un tuit (que frase más posmoderna acabo de escribir).

Es éste un libro que bascula entre dos conceptos o dos imágenes fuertemente connotadas: la luz y el frío. El frío simboliza a la muerte, una muerte contemplada con la angustia del ateo, del hundimiento en la inexistencia y en la desaparición de la propia consciencia. La luz simboliza la vida, en muchos casos fragmentada en frágiles instantes inaprensibles, bellos momentos retenidos por la memoria, una memoria que inevitablemente se va diluyendo en la nada.

Ahora voy a mostrar algunos poemas del libro en los que se pueden apreciar los temas señalados en el párrafo anterior.

Sobre los instantes que se nos escapan (la luz) y la insuficiencia de la memoria para retenerlos, destaco este poema alegórico de la página 19:

El paseo

Recuerda: todo lo que queda entre un
momento y otro, cogidos ambos al azar y
sea cual sea la distancia que haya entre los
dos, sólo es polvo y quizás, memoria.
Mientras el viento apenas acaricia las
hojas de los árboles, y tú me das la mano
después de colocarte bien el abrigo, y en
algún lugar alguien tararea la canción que
suena en mi cabeza. Los coches se
detienen y arrancan, se detienen
y arrancan: se detienen. Prende una luz
enferma, amarilla y breve, en las farolas.
Hace frío.
Recuerda: al final del paseo ya habrá
caído la noche, y todo lo que quedará será
polvo y tu modo de colocarte el abrigo y,
quizás, el eco de una canción lejana
perdiéndose entre los ecos del tiempo.


Algunos de los poemas poseen un carácter bastante conceptual. Destaco este de la página 53:

Música de fondo

Durante el día, la canción
sonando una y otra vez
como si todo se escondiera en ella:
dando fe de la luz y del terror,
siendo el centro donde todo converge,
de donde todo parte y adonde todo llega.

Y durante la noche, la canción
sonando una y otra vez
como si alrededor de ella
no hubiera nada, y su eco
fuera el eco del centro de la nada
al desaparecer sobre sí misma.


En algunos casos el poema se vuelve un tanto críptico, por lo que algunas composiciones de este libro me gustan menos que otras, como este poema que aparece en la página 22:

Habitación del solitario

La línea azul del horizonte
cruza el espejo.
Nunca hay rastro de huellas
en las baldosas de la cripta.
Nadie es capaz de descifrarte.

La línea azul del horizonte
cruza el espejo.
Sobre la mesa están tus credenciales.
Sólo una ley: tu apuesta.
Sólo un amor: tu vuelo.

Sin embargo, existe un gran número de poemas muy claros en su exposición y de gran belleza formal; destaco éste (tan a lo Juan Ramón Jiménez) de la página 70, que además sirve de paradigma de los temas principales del libro:

Tarde de enero

Pasará nuestro tiempo.

Otro invierno vendrá a cubrir de blanco
los mismos montes,
y en un día de sol que se parecerá a éste
unas manos tan frías como las que sostienes
estrecharán el hueco de otras manos.
En las paredes blancas que ahora nos rodean
golpearán las voces de otros hombres,
y dejarán pasar la corta tarde
entre estos almendros.
Entonces muchos pisarán
la sombra última
de aquel arco de medio punto,
y un perro ladrará
antes de que la noche clara anuncie
otro día de sol para el día siguiente,
pero nosotros no,
nosotros ya no estaremos entonces,

ya no estaremos nunca.

En uno de los últimos poemas se muestra de forma explícita el por qué del título, el contraste entre la luz y el frío (o lo que lo es lo mismo: la vida y la nada). Página 77:

La respuesta

Pensaste primero que la clave estaba en la
arena, y en tu modo de huir siempre, en la
aparente imposibilidad de apresarla.
Después pensaste en la nieve y en el
blanco absoluto indefinible, la ausencia de
mácula, la claridad doliente hasta el
silencio, hasta la ceguera.
Pero era la luz: el modo definitivo que
tiene la nada de llegar y desaparecer, de
haber sido y dejar de ser, sin existir
siquiera.




Me ha gustado La luz y el frío, me ha parecido un poemario elegante y maduro, sabio y bello en su exposición del camino hacia la inexistencia, de la fragilidad de la memoria para retener lo que fuimos. Así que la primera convocatoria del premio de poesía Café Comercial no sólo resultó ser un éxito en cuanto al número de participantes, también lo ha sido al comenzar su andadura con un destacado poemario como es éste.

viernes, 7 de junio de 2013

Prólogo de El bar de Lee





Canción del optimista
Por si alguien se pasa por la Feria del Libro del Madrid, ubicada en el parque de El Retiro, y le interesan mis libros, los puede encontrar en las siguientes casetas:

Caseta 118
Librería La Marabunta
El bar de Lee.

Caseta 37
Distribuidora Maidhisa
El bar de Lee
Siempre nos quedará Casablanca
Acantilados de Howth.


Dejo aquí el prólogo que escribí (y que aparece en las primeras páginas) para El bar de Lee:


El bar de Lee está formado por los poemarios Móstoles era una fiesta y El calvo del Sonora. El primero está escrito entre diciembre de 1997 y septiembre de 1998, y el segundo entre enero y agosto de 2008. Una década los separa, y sin embargo supuso para mí una gran satisfacción que la editorial Baile del Sol aceptase la idea de publicarlos conjuntamente, ya que considero ambos libros fuertemente ligados. El acercamiento que supone El calvo del Sonora a los mismos lugares, y en algunos casos a los mismos temas, ya planteados en aquel primer poemario de hace quince años –Móstoles era una fiesta–, potencia las ideas inaugurales, reformulándolas una década después.
Me resulta extraño pensar que la primera obra que escribí –y que puedo considerar adulta– fuese un poemario, cuando yo lo que siempre había deseado era ser novelista. A finales de 1997 yo quería escribir una novela autobiográfica al estilo de las de Charles Bukowski –autor al que leía con fruición por aquellos meses– pero no sabía cómo evitar susceptibilidades en mi entorno ni cómo enfrentarme a los límites de mi propio pudor.
Si no hubiera descubierto por esos días el libro Poesía completa (1968-1996) de Juan Luis Panero quizás no hubiese conseguido encontrar un cauce de expresión adecuado para trasladar al papel las emociones que me invadían entonces. Los poemas de Panero me calaron: eran hondos y cada uno de ellos contenía una historia, eran en su mayoría extensos y narrativos. Y yo seguía tratando de escribir el borrador de una novela que no acababa de cuajar hasta que 10 un día de diciembre de 1997 nevó en Móstoles y desde la terraza contemplé la nieve. Volví a la habitación a por un bolígrafo y un papel, y escribí –apoyado en el marco de una ventana– un borrador sobre lo que aquel momento evocaba en mí; borrador que sería el germen del primer poema de Móstoles era una fiesta y del que surgió el tono –y la forma– de todo el libro.
En aquellos versos puedo encontrar el poso que dejó en mí la lectura de Juan Luis Panero, así como la de la  poesía narrativa de Cesare Pavese, Fernando Pessoa o Jaime Gil de Biedma, que a día de hoy siguen figurando entre mis poetas preferidos. Y también encuentro, por supuesto, rastros de las páginas de los prosistas que admiraba por esos días, como el citado Charles Bukowski; cuyo nombre, sin embargo, no aparece ni una sola vez en Móstoles era una fiesta (por eso escribí en El calvo del Sonora un poema dedicado a él). Fue como si mi mirada literaria usurpara la de Bukowski y tomara de ella la relación de amor-odio que mantenía con Ernest Hemingway (otro de mis autores predilectos entonces). Yo, realmente, como se afirma en Móstoles era una fiesta, bajaba a los cafés de mi ciudad de los suburbios para escribir emulando al Hemingway de París era una fiesta, un libro cuya lectura me impresionó unos años antes.
Cuando empecé a escribir los poemas que luego formarían el libro El calvo del Sonora tuve bastante presente la relectura de Móstoles era una fiesta. Una de las cosas que en 2008 me llamaba la atención del libro que escribí una década antes era que no había en él ni una sola referencia directa a mi paso por la facultad de Ciencias Físicas, hecho que constituía uno de los pivotes ocultos de aquel poemario. Por eso decidí incluir en El calvo del Sonora una sección en la que rememoro mis años de físico (como me llamaban en la facultad de Administración y Dirección de Empresas a la que me cambié), titulada En el tiempo de Einstein
Muchos son los puntos en común entre un poemario y otro; además de la fuerte unidad de lugar, más de uno de los poemas de El calvo del Sonora vendría a ser una segunda parte o una reformulación de alguno de los de Móstoles era una fiesta. En un libro y en otro existe un poema llamado El bar de Lee, y esto hizo que lo tomase como título del conjunto. 
Me queda dar las gracias al poeta Alejandro Céspedes –uno de los primeros lectores de Móstoles era una fiesta– por el aclaratorio prólogo que ha escrito para este libro.
También me gustaría agradecerle las sugerencias que me propuso para mejorar alguno de sus versos, aunque acabé declinando su generoso ofrecimiento. Móstoles era una fiesta me muestra al creador que era yo entonces –en 1997 o 1998–, brusco, intuitivo, informal... Las correcciones acabarían borrando la frescura de aquellos primeros poemas.


David Pérez Vega
Madrid, enero de 2013

martes, 4 de junio de 2013

El bar de Lee, firma en la Feria del Libro de Madrid el miércoles 5



Muchas gracias a todas las personas que el viernes pasado se pasaron por la Feria del Libro de Madrid para verme y apoyarme en la firma de ejemplares de mi poemario doble El bar de Lee.
Muchas gracias también a los libreros de la librería La Marabunta, que me cedieron un hueco en su caseta 118 para que la firma de libros pudiera tener lugar.

Por si a alguien le apetece, este miércoles 5 de junio vuelvo a estar firmando ejemplares de El bar de Lee o de mi novela Acantilados de Howth. Dejo los datos:

El bar de Lee, David Pérez Vega
Feria del Libro de Madrid, parque de El Retiro.
Miércoles 5 de junio
De 18.30 a 20.00 h.
Caseta 37, de la distribuidora Maidhisa.

En todo caso, si a alguien le apetece hacerse con El bar de Lee en algún otro momento de la feria, puede preguntar por él en las citadas casetas 118 y 37.

Dejo también aquí una foto con las simpáticas de mis alumnas de 1º de bachillerato, a las que doy clase de Economía. Gracias por venir a verme el viernes, chicas.




domingo, 2 de junio de 2013

Algo que nunca debió pasar, por Juan M Velázquez

Editorial AA ediciones narrativa. 159 páginas. 1ª edición de 2012.

Hace unos meses leí Seguro que esta historia te suena, la poesía completa del donostiarra Karmelo C. Iribarren, y cambié con él algunas impresiones por facebook, espacio virtual donde somos amigos, y donde Iribarren mantiene una actividad muy interesante, con continuas anotaciones sobre la vida diaria o muestras de sus poemas (lo que viene a ser casi lo mismo). Iribarren me escribió que le había comentado a su amigo, el también donostiarra Juan M Velázquez (San Sebastián, 1964) que me enviara su novela, Algo que nunca debió pasar, publicada el año pasado, para que yo hablara de ella en Desde la ciudad sin cines. Juan M Velázquez se puso en contacto conmigo y me envió su libro con una amable dedicatoria. No mucho antes había leído algunas impresiones sobre este libro en el blog Tu cita de los martes, que lleva mi amigo el poeta Javier Cánaves; a quien imagino que Velázquez también había enviado su novela, ya que ambos han participado en el proyecto común de una antología de poesía.

Normalmente no leo novela negra, aunque he conocido a más de una persona entusiasta del género (recuerdo a una profesora del colegio donde trabajo que sólo leía novela negra) y la verdad es que no me disgustan los convencionalismos del género: el policía investiga un asesinato y en su búsqueda deja al descubierto los rincones más turbios de una sociedad. Tengo en mente leer todas las novelas de Raymond Chandler (del que he leído una) o las de Dashiell Hammett (del que he leído dos) o las de Jim Thompson (del que no he leído ninguna); y además de esta vertiente más norteamericana y callejera del género, en algún momento me he acercado a la versión cerebral y metafísica de los ingleses: Arthur Conan Doyle, G. K. Chesterton o Wilkie Collins.

Algo que nunca debió pasar se sirve de los códigos del género negro (detective ex policía, corrupción, prostitutas, violencia, drogas...) para hablar de un tema polémico: el mundo terrorista de ETA y el de la policía de choque encargada de torturar a etarras para conseguir información. Nadie podrá decir que Juan M Velázquez no ha arriesgado en cuanto a temática en Algo que nunca debió pasar, su segunda novela.

Ramírez (como tantos personajes de la novela con apellidos terminados en -ez) es uno más de los jóvenes policías foráneos (él ha nacido en Madrid) que el Estado envía al País Vasco a finales de los setenta. Llegará acompañado del Rubio (natural de un pueblo de Salamanca), amigos desde el servicio militar. Desde la primera página del libro el lector entrará en un mundo regido por la violencia: asesinatos, torturas, represión policial en las calles, más asesinatos: el País Vasco de la Transición o al menos la fracción de País Vasco que Velázquez ha decidido mostrar en su novela.

La trama de esta historia bascula entre dos espacios temporales: una primera que iría desde finales de los 70 y la década de los 80 hasta otra fecha más próxima a la actual, que quedaría emplazada en torno al 2010.
En la época actual Ramírez (ex policía que ejerce de detective privado) va a recibir una llamada inesperada. Su amigo el Rubio le pide que regrese a San Sebastián para ayudarle con un asunto turbio: la pequeña nieta de la mujer con la que vive ha desaparecido. Ramírez se había prometido a sí mismo no regresar a San Sebastián, pero incumplirá su promesa cuando el Rubio le recuerda las deudas que tiene con él.

La narración es profusa en saltos temporales y las escenas evocadas están narradas con un ritmo rápido, nervioso: comisarías, celdas donde se comenten torturas, bares sórdidos, escenas de atentados.
Quizás el gran acierto de esta novela sea que Velázquez en ningún momento establece una línea divisoria entre buenos y malos; nunca juzga a los personajes. De hecho, es como si en Algo que nunca debió pasar la esencia del hombre fuese simplemente perversa y nunca hayan existido los buenos. A pesar de ello, Ramírez vive convencido de que él se encuentra en el lado de los buenos: “Pegar a alguien o hacerle lo que sea para que diga o dé cualquier pista sobre dónde está un secuestrado era lo único que se le ocurría. En esos momentos, la línea estaba muy clara para Ramírez. El fin justificaba con creces los medios que empleaba” (pág. 57).
Y a pesar de que Velázquez no juzga a sus personajes, creo que (paradójicamente) el punto débil de esta novela es que explica de forma reiterada sus motivaciones, y esto es notorio sobre todo en el caso del personaje principal, Ramírez. Éste afirma (cuando el lector ya conoce a Ramírez porque le ha visto en acción) acerca de sí mismo en la página 75: “Yo era un policía que creía en lo que hacía. Uno más. Yo, en aquel tiempo, pensaba que todos hacíamos lo correcto. Ahora sé que no. Para mucha gente éramos como apestados. Perros, nos llamaban. He visto a compañeros descuartizados por una bomba en pedazos tan pequeños que no los podíamos recoger y se quedaron pudriéndose en la cuneta. He sacado de agujeros cadáveres de personas que han llorado durante días mientras esperaban que les pegaran un tiro. He visto padres y madres llorar por sus hijos muertos y demasiadas viudas abrazadas a ataúdes cubiertos con la bandera española y una medalla encima antes de salir de vuelta, rumbo al sur. He llevado a personas hasta los límites del dolor y de la humillación. No lo volvería a hacer, aunque no me arrepiento porque sabíamos que era la única manera de que otros volvieran a casa. Algunas veces lo conseguimos, otras muchas no. Nadie nos lo aplaudió ni nos lo agradeció, simplemente preferían no saber cómo lo hicimos. He hecho otras cosas terribles y he visto más miedo, horror y degradación en las comisarías de lo que muchos que pedían mano dura hubieran podido aguantar. Demasiado. Me ha costado aprender a vivir con estos recuerdos. No soy un hombre bueno pero siempre he querido estar con los buenos. A su lado. Ya no miento pero he mentido mucho y he herido para siempre a personas que me querían y no lo merecían. Me fui de aquí desquiciado, ebrio de violencia y confundido. He sido un drogadicto, un borracho y un putero”.
En algunas descripciones de hechos me ha parecido que Velázquez no contiene su prosa y añade epítetos innecesarios, que restan impacto a lo contado. Esto, por ejemplo, ocurre en las páginas 62-63, donde se describe un atentado con coche bomba y muertos: “los demás aún estaban inmovilizados por el dolor y la pena” (pág. 62), “la gente corría horrorizada” (pág. 63), “la horrible certeza se confirmó” (pág. 63).

Algo que nunca debió pasar habría ganado en consistencia narrativa si Velázquez –siguiendo los preceptos del género negro de, por ejemplo, Dashiell Hammett– hubiese narrado su novela sin explicar tanto la psicología de los personajes, dejándoles que se definieran por sus actos; y también si hubiera aligerado la carga de epítetos en la descripción de algunas escenas.

A pesar de esto Algo que nunca debió pasar contiene más de un pasaje notable, que me ha hecho recordar el aire sórdido que se respiraba en algunos de los telediarios de mi infancia en los años 80; y es de celebrar, también, lo atrevido de elegir una temática tan controvertida como la que se presenta aquí.

martes, 28 de mayo de 2013

El bar de Lee en la Feria del Libro de Madrid


Aún no he visto en papel mi nuevo libro, pero si todo sale bien este viernes estaré en la Feria de Libro de Madrid, firmando ejemplares.

Dejo las señas por si a alguien le interesa:

El bar de Lee (2013), poemario doble formado por los libros Móstoles era una fiesta (1998) y El Calvo del Sonora (2008).

Feria del Libro de Madrid, parque del Retiro.
Caseta 118, Librería La Marabunta.
Viernes 31 de mayo, de 19 h. a 21h.

Dejo a continuación el primer poema que escribí para El calvo del Sonora, que marcó el tono de este libro, y que se titula igual que el poemario:



EL CALVO DEL SONORA
                Pero aunque sea un boxeador golpeado
                      Voy a dar mis últimas peleas.
                                            Jorge Teillier

Mecido por el oleaje de la música y la batuta
de una copa en la mano, se acercaba
a las chicas. A su alrededor bailaba, y ellas,
a veces, le seguían brevemente el juego.
Al inclinarse sobre sus oídos los rechazos
no le hacían mella, no cambiaba el compás
ni el semblante, sostenido en el ritmo,
imperturbable a su inmóvil derrota, bailaba.
Siempre iba solo, siempre estaba borracho,
entraba en aquel único pub: el Sonora.

En el andén de Atocha, sólo un día le vi
en otra parte, como yo, esperaba el tren, al fin
sobrio –chándal y bolsa de deporte, escapado
del presidio de cualquier polígono industrial-.
Tras sentarse, su mirada hundida se dispersó
por las paredes de márgenes secos del vagón.
Tal vez, nuestro Tony Manero de los suburbios,
el Calvo del Sonora, soñase ya en ese instante
con su particular fiebre del sábado noche,
embebido de turbios escenarios propicios:
tequilas y cactus, desierto y mariachis.

Pasaba de los treinta y nosotros no alcanzábamos
los veinte. Nos sonreíamos observándole,
espectadores cruentos de sus bailes sin pareja.
Siempre estaba solo, siempre iba borracho.
Había algo patético en él y también, pienso
ahora, algo poderoso como el hierro ardiente
de la vida. Nos sonreíamos divertidos, pero,
quizás –inconfesable, subterráneo- temerosos
ya del paso del tiempo y los destinos posibles.

Fundido, otra figura más, en el mural
de folclore mexicano del Sonora y el rebullir
de aquellos días inciertos (porque yo también
tuve veinte años…) le recuerdo esta noche
como una terca imagen del fracaso, pero,
porque así lo quiere el tiempo y la memoria,
irrumpe en mí además como un icono
de cierta voluntad temeraria –boxeador
sonado que sigue en pie con las costillas
rotas-, ensalzado al fin por todas las ocasiones
en que la vida nos obligó más tarde
a nosotros, que aún podíamos comernos
el mundo, a tener que ser, persistentes
y en vano, iguales

                                 al Calvo del Sonora.

domingo, 26 de mayo de 2013

En los antípodas del día, por Gonzalo Aróstegui Lasarte

Editorial Baile del Sol. 231 páginas. 1ª edición de 2012.

La primera persona que me habló de En los antípodas del día fue mi amigo el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio. La había visto (si no recuerdo mal) en la mesa de novedades de la librería Antonio Machado, había leído las primeras páginas y le había parecido que prometían. Me preguntó si yo tenía esta novela de Gonzalo Aróstegui Lasarte (Pamplona, 1971), porque al fin y al cabo compartimos editorial y tengo un trato cercano con los editores. En realidad, hasta que no la mencionó él yo no había oído hablar de este libro, busqué información sobre él en internet y descubrí que Gonzalo Aróstegui mantiene un blog especializado en música moderna, muy recomendable para aficionados, llamado Ragged Glory (ver AQUÍ). Me informé sobre qué trataba su libro –el mundo laboral en España– y cuando tuve que hacer un pedido de ejemplares de mi propia novela a Baile del Sol, les compré también (a precio de autor) unas cuantas de sus novedades. Entre ellas estaba En los antípodas del día.

Primera sorpresa del libro: aunque nos parezca más correcto las antípodas, en realidad antípodas es masculino (lo he consultado en la rae.es).

Me apeteció leer este libro a continuación de Yo, precario porque ambos tratan un tema común: el mercado laboral español. Lo narrado por Javier López Menacho en Yo, precario hace referencia a una realidad muy cercana al momento de la publicación del libro y al de mi lectura, al situar su acción en el año 2012 (o como muy temprano en 2011), y a las penurias laborales a las que se enfrentan los jóvenes en España a raíz de la crisis de 2008. En los antípodas del día, Rafael Hernández Gutiérrez –que parece un trasunto novelado del propio autor– nos habla de su trabajo nocturno como teleoperador de la empresa Vía Digital desde diciembre de 1998 hasta finales de 2003.
Gonzalo Aróstegui ha nacido en 1971 y Javier López Menacho en 1982; casi una generación los separa; pero la lectura de ambos libros me ha confirmado algo que ya sabía: el trabajo precario para los licenciados universitarios en España no empezó con la crisis de 2008. Parece que más de uno se ha olvidado ya de la existencia de las ETT del 2000; del amigo que cobraba la mitad de su sueldo en un sobre y cuando le decía al empresario que con su nómina legal un banco nunca le iba a conceder una hipoteca para comprar una casa, el empresario le respondía: no te preocupes, que ya ha pasado, tú vas al banco, le enseñas la nómina y una carta que te firmamos nosotros con lo que cobras en negro y el banco te concede la hipoteca; del amigo que no se movió del sitio durante años pero que cambiaba cada año y medio (tras cumplir tres contratos de seis meses) de empresa (la misma empresa dada de alta con tres nombres) y así no tenía nunca un contrato fijo; del colegio privado que te dejaba todos los veranos en el paro aunque lo legal fuesen como mucho tres... Yo no me he olvidado de esa España del 2000 previa a la crisis (tierra del ladrillo y la especulación) y Gonzalo Aróstegui tampoco.

Rafael Hernández tiene veinticinco años y, al acabar la carrera de Filosofía, quiere escribir una tesis sobre el nacionalismo. Pero también desea no tener que pedir más dinero a su madre para salir a tomar algo con sus amigos y decide buscarse un trabajo. A finales de 1998 en España lo más normal era que un licenciado en Filosofía del barrio de Carabanchel encontrase trabajo de teleoperador. Poco después de empezar acabará en el turno de noche, donde principalmente se dedicará a atender a señores que desean contratar el visionado de una película porno o bien que tienen dudas sobre sus facturas televisivas a las tres de la mañana.
A diferencia de Yo, precario, En los antípodas del día no sólo habla del mundo laboral; la vida familiar, del barrio o de pareja tendrán su importancia en las páginas del libro. Y en este sentido podría afirmar que En los antípodas del día tiene más cuerpo como novela que las simpáticas crónicas de Yo, precario.

Rafael tiene un trabajo que no le permite dejar la casa de sus padres, pero empieza a salir con la atractiva hermana menor de uno de sus mejores amigos. Ahora tiene dinero para poder pagarse sus gastos, pero menos tiempo libre para avanzar en su tesis. Al principio de la novela Aróstegui empleaba el recurso de insertar las notas que Rafa va tomando para sus tesis entre las páginas de su narración; recurso que queda abandonado según el narrador va dejando de lado su tesis y adentrándose en el mundo de la noche.
Raquel, la novia de Rafa, intenta convencerle para que deje su trabajo de teleoperador nocturno, pero En los antípodas del día, además de una denuncia de una situación laboral precaria (escasos sueldos, contratos interpuestos entre ETTs y empresas filiales, jefes arbitrarios, exigencia de tareas no correspondientes al puesto...), también es la historia de una fascinación: la de la Noche. “Por la noche no hay jefes”, se justifica Rafa en la página 78; pero en la página 181 ya afirma: “A estas alturas del partido yo ya me había transubstanciado en vampiro y la luz del día me molestaba”; y en la 214: “Era la droga Noche, que controlaba mi sistema nervioso para hacerme actuar a su antojo”.

Otro de los temas de En los antípodas del día es el del paso de la indolencia de la juventud a la decepción de la vida adulta. “Era el HORROR que se acercaba, pero esta vez en forma adulta” (página 139). El grupo de amigos de Rafa está formado por cuatro personas, una amistad cimentada por la pasión musical: “Los cuatro formábamos una piña que parecía indestructible unida por el ritual –quizá infantil, pero mágico– del rock and roll” (pág. 139). Y en gran medida En los antípodas del día es una novela musical, que reivindica la fuerza de la música como seña de identidad personal. El narrador cita a escritores, pero rara vez se describe a sí mismo leyendo; recuerdo una única escena en la que Rafa se describe leyendo, y dice algo así: “Fui al salón y abrí un libro”; en cambio la música escuchada en casa o en los conciertos está profusamente documentada. Y a pesar de esta pasión, Rafa empieza a sentir que las conversaciones sobre los grupos musicales se repiten, que sus amigos le consideran un pedante si cita a alguno de los filósofos que ha estudiado en su carrera, que debería haber algo más y no sabe dónde.

Y por supuesto, En los antípodas del día es una novela sobre el trabajo. Por experiencia sé que, a pesar de que uno piense que en la empresa en la que está se comenten los mayores atropellos del mundo, y que le muerdan las ganas de denunciarlo públicamente, para un lector ajeno a ese entorno laboral las descripciones de ETTs, contratos fraudulentos, abusos en las tareas impuestas pueden resultar tediosas. Aróstegui también parece darse cuenta de este problema, y centra su descripción del trabajo en las consecuencias que éste tiene sobre su vida privada, y en las relaciones humanas que se establecen en él. Y así nos va a hablar principalmente de las actitudes que toman las personas en las empresas (miedo al despido, servilismo...) o las transformaciones que van a sufrir en cuanto tienen un mínimo de poder. Además de hablarnos de la lucha sindical y de las reivindicaciones legales, de las pequeñas derrotas y victorias del trabajo. “Era el individualismo atroz que nos rodea” (pág. 199).

Con el estilo ocurre algo curioso: la voz narrativa es la de un chico de Carabanchel que ejerce de chico de Carabanchel, y al que por tanto le gusta narrar con un lenguaje muy cercano al oral; y que además desconfía del lenguaje formal, que le parece un disfraz para no hablar claro. Esto escribe, por ejemplo, en la página 37: “Multidifusión lo llaman ellos; jeta, los demás”, y en la 216: “Difuminándose en el ámbito de infantiles subjetividades (léase pataletas)”. Hacia este lenguaje oral parece conducirle el hecho de que el personaje desconfía de lo aprendido en los libros: “El problema es ¿qué son los principios si te atenazan en la práctica con su ostentosidad teórica? O mejor: ¿para qué sirven? No hay respuesta, pero queda claro que la vida (‘la realidad’) hace aguas frente a la teoría” (pág. 225); pero algo sí que ha quedado de sus estudios de filosofía (éste es el hecho curioso del que hablaba al principio del párrafo), y es la tendencia a hacer razonamientos continuamente matizados por frases subordinadas,             que en algunos casos le llevan al abuso de paréntesis, corchetes o guiones; un claro ejemplo me ha parecido este párrafo de la página 24: “Yo no le contestaba, pues su lógica estaba tan alejada de la mía, y al mismo tiempo tan enraizada en su naturaleza –era la base de todo su comportamiento (o quizás ese comportamiento había conformado una lógica a la que intentaba dotar de un carácter retroactivo [o a la que ya había dotado] que, aunque falso y envenenado, se impusiera como definitivo), heredado de generaciones educadas en el (¡oh, maldito cristianismo!) dolor, la carencia, y la contención, pero también en la trampa, el engaño y la cínica brutalidad–, que cualquier intento de mi parte de –no ya de hacerle cambiar de opinión, no, eso era imposible– explicarle mi punto de vista –si es que tenía alguno– habría resultado baldío”.

A pesar de algunos titubeos verbales, exceso de oralidad por un lado, con un pequeño abuso de las frases hechas –lo que queda, en todo caso, justificado por la voz narrativa elegida– y algún párrafo (como el descrito más arriba) un tanto farragoso, la lectura de En los antípodas del día se me ha hecho agradable por la cercanía que sentía hacia el protagonista de la historia (hablar en Madrid de Carabanchel o de Móstoles es hablar de lugares parecidos): Rafa podía haber sido un chico de mi barrio. También por la conexión que he sentido con el contexto social e histórico del libro. Se describe, por ejemplo, una visita a la sede de Comisiones Obreras cerca de la plaza de Neptuno, que yo he tenido que realizar de una forma tan similar a Rafa, que sólo he podido sentir empatía hacia él. Así que voy a reivindicar la lectura de este tipo de literatura cercana y vital que es En los antípodas del día.

jueves, 23 de mayo de 2013

El bar de Lee: poemario doble.




Hoy cumplo 39 años.
Y tengo portada para mi nuevo libro, editado por Baile del Sol.
Nuevo es una forma extraña de hablar.
Está formado por dos poemarios.
El primero, Móstoles era una fiesta, lo empecé a escribir en diciembre de 1997.
Lo acabé en septiembre de 1998.
El segundo, El calvo del Sonora, lo escribí durante 2008.
10 años los separan.
Están conectados.
En ambos hay un poema titulado El bar de Lee.
Cuando empecé a escribir el primer poema de Móstoles era una fiesta tenía 23 años.
Era estudiante entonces.
Ahora soy profesor.
Con Móstoles era una fiesta gané el segundo premio de un premio de poesía en mi ciudad.
El concejal de cultura de Móstoles dijo que publicarían el libro (aunque no estaba en las bases del premio).
Las elecciones pasaron.
Lee era un ciudadano mostoleño de origen chino.
El concejal de cultura incumplió su palabra.
Lee regentaba un bar, el Tuburio, (o El bar de Lee).
El calvo del Sonora era un calvo que acudía sólo (y solo) a un bar llamado Sonora.
Con Móstoles era una fiesta tenía firmado un contrato de publicación, en una supuesta editorial prestigiosa.
Con El calvo del Sonora quedé finalista del premio de poesía de Ciudad de Mérida.
El premio de poesía de Ciudad de Mérida lo publicada DVD.
Baile del Sol me publica poesía aunque no recito en bares.
La supuesta editorial prestigiosa incumplió su contrato de publicación.
Poesía de hace 15 años, poesía de hace 5 años.
A veces escribo poesía.
A veces leo poesía.
Hoy cumplo 39 años.
Vendo libros de poesía a mis familiares y amigos.
Mis familiares y amigos, en un 95% de los casos, no son lectores de poesía.
Yo a veces tampoco soy lector de poesía.
Yo no soy recitador de poesía en bares.
Baile del Sol me publica poesía aunque no recito en bares.
Los editores de Baile del Sol juegan a juegos extraños.
Y yo hoy cumplo 39 años.
Es como si a los editores de Baile del Sol les gustase la poesía.
Dejó aquí un poema de Móstoles era una fiesta.
El mirlo, en parte, justifica la portada.



EL MIRLO  

                     Todo arte es completamente inútil.
                                                       Oscar Wilde

Cuando ondulante como en alta mar
arrastro por las baldosas del paseo
mi tempestad bajo el túnel de álamos, sábana
rumorosa de la noche húmeda de viento,
solo, a las cinco de la mañana
concentrado en la tristeza continua de cada paso
y en la retina los finos tirantes de sus vestidos,
canta el mirlo a las cinco de la mañana
tras la lluvia y la ciudad en invierno,
su canto de amor fuera de temporada
destinado a quién sabe qué amantes dormidas,
hermoso como sólo pueden serlo las cosas inútiles,
me detengo.

Escucho el poderoso canto del mirlo.
El viento sopla, mi carne se estremece,
no reconozco esta sensación que me invade
y pienso que tal vez se parezca a la felicidad,
sonrío al vacío, muy quieto ahora
busco al mirlo, poeta del invierno,
sin encontrarlo en las frondas de la noche.

                                                                           7-3-98.